Artículo de Jordi Pumarola Batlle
Una guía para entender cuándo tiene sentido pagar por gestión activa… y cuándo no.
Pocos debates en finanzas personales han generado tanto ruido —y tan poca claridad— como el de gestión activa contra gestión indexada.
La conversación pública suele oscilar entre dos extremos igualmente simplistas: por un lado, quienes sostienen que indexarse es la única decisión racional; por otro, quienes defienden que la gestión activa siempre aporta valor si se selecciona correctamente.
Ambas posiciones son incompletas. Y lo son por el mismo motivo: intentan resolver con una regla universal una cuestión que solo admite respuestas específicas.
La pregunta relevante no es “gestión activa o pasiva”. La pregunta relevante es otra:
¿En qué clase de activo, en qué entorno de mercado y con qué horizonte temporal tiene sentido pagar comisiones adicionales por gestión discrecional… y cuándo la indexación captura prácticamente toda la rentabilidad disponible al menor coste posible?
Ahí es donde empieza realmente la conversación importante.
Lo que muestran realmente los datos
Cualquier análisis serio sobre este tema debería partir de la evidencia empírica, no de opiniones.
Las dos referencias más utilizadas a nivel global son los informes SPIVA de S&P Dow Jones Indices y el Active/Passive Barometer de Morningstar. Ambos analizan, año tras año, qué porcentaje de fondos activos logra superar a su índice de referencia después de comisiones.
Y los resultados son bastante consistentes.
En renta variable estadounidense de gran capitalización, aproximadamente el 90% de los fondos activos no supera al S&P 500 a horizontes de 15 o 20 años. Probablemente es el ejemplo más sólido a favor de la indexación.
La explicación es estructural: hablamos del mercado más analizado del mundo. Miles de gestores compiten constantemente por las mismas ineficiencias, cada vez más pequeñas, mientras las comisiones erosionan gran parte del posible exceso de rentabilidad.
En mercados emergentes, el panorama cambia ligeramente. Aunque entre un 75% y un 80% de los fondos activos tampoco supera a su índice a largo plazo, la dispersión entre gestores es mucho mayor. Los mejores gestores pueden generar diferencias relevantes, pero los peores también destruyen valor de forma significativa.
Es un entorno donde seleccionar bien sí importa.
Algo parecido ocurre en small caps globales. La menor cobertura analítica permite, al menos en teoría, encontrar ineficiencias más reales y persistentes. Aunque la mayoría de gestores sigue sin batir al índice a largo plazo, existe una minoría consistente que sí lo consigue mediante procesos muy disciplinados.
La renta fija merece un matiz aparte.
En deuda gubernamental investment grade de mercados desarrollados, la gestión activa aporta relativamente poco valor neto de costes. Sin embargo, en high yield, deuda emergente o estrategias flexibles, la gestión activa tiende a tener más sentido, especialmente en entornos de tipos de interés inestables o con elevada dispersión macroeconómica.
La conclusión honesta de los datos no es que “la gestión activa no funcione”.
La conclusión correcta es otra:
en promedio, la gestión activa destruye valor neto de comisiones en muchas categorías… pero existen segmentos concretos donde una minoría persistente de gestores sí consigue añadir valor de forma consistente.
La cuestión para el inversor —y para su asesor— es si realmente tiene los medios, el proceso y la disciplina necesarios para identificar esa minoría antes de que los resultados ya sean evidentes.
El error que más dinero cuesta al inversor
Cuando un inversor analiza fondos activos, el patrón habitual suele ser siempre el mismo: mirar la rentabilidad reciente y asumir que refleja la calidad del gestor.
Es uno de los errores más caros en gestión patrimonial.
La literatura académica sobre persistencia de resultados es amplia y bastante clara desde hace décadas. Trabajos como los de Carhart, Fama-French o Berk & van Binsbergen muestran que la relación entre la rentabilidad reciente de un fondo y su comportamiento futuro es extremadamente débil.
De hecho, la persistencia real de habilidad solo empieza a detectarse en horizontes largos —habitualmente superiores a siete o diez años— y utilizando métricas ajustadas a riesgo como el information ratio.
Incluso en los casos donde existe habilidad genuina, una parte importante de ese exceso de rentabilidad termina capturándose vía comisiones por la gestora, no necesariamente por el partícipe.
Esto tiene una implicación muy práctica:
seleccionar fondos por su rentabilidad reciente suele equivaler, estadísticamente, a seleccionarlos al azar… con la diferencia de que normalmente se hace justo después de un gran periodo de rentabilidad y antes de la reversión a la media.
Por eso, un análisis serio de fondos debería centrarse menos en rankings recientes y más en cuestiones como:
- la consistencia del proceso de inversión,
- el nivel real de Active Share,
- la coherencia entre cartera y narrativa,
- la estabilidad del equipo gestor,
- la gestión del riesgo,
- y la estructura total de costes asumida por el inversor.
Lo importante nunca fue elegir un bando
Reducir toda la conversación a “gestión activa contra indexación” probablemente sea un error de partida.
La verdadera discusión consiste en entender dónde existen ineficiencias reales, cuándo merece la pena pagar por gestión discrecional y cómo construir una cartera coherente con los objetivos, el horizonte temporal y la tolerancia al riesgo de cada inversor.
Porque, en la práctica, las mejores carteras rara vez son completamente activas o completamente indexadas.
Normalmente son una combinación racional de ambas cosas.